El dinosaurio que perdió su rugido

En el Valle del Sol Brillante vivía Bruno, un pequeño Tyrannosaurus Rex de escamas de color verde brillante y unos zapatos deportivos rojos que le encantaban. Bruno era un dinosaurio muy alegre, pero tenía una costumbre que no gustaba demasiado a los demás animales del valle: cada vez que quería llamar la atención o pedir algo, soltaba un rugido tan gigantesco y estruendoso que hacía temblar las hojas de los helechos y asustaba a los pequeños triceratops.

—¡ROOOAR! ¡Quiero jugar a la pelota! —gritaba Bruno con todas sus fuerzas en medio del prado.

Los demás animales, asustados por el ruido, salían corriendo a esconderse tras los matorrales. A Bruno le ponía muy triste ver que nadie quería jugar con él. Se sentía solo y no entendía por qué su potente voz, de la que sus abuelos tanto presumían, ahuyentaba a todos sus amigos.

Una mañana, al despertar e intentar saludar a su mamá con su habitual estruendo, ocurrió algo extraño: de su garganta no salió absolutamente nada. Tosió un poco, abrió la boca al máximo y volvió a intentarlo, pero solo se escuchó un suave y divertido hilillo de voz: *«—Hola...»*.

¡Bruno había perdido su gran rugido! Preocupado, corrió a buscar al anciano diplodocus, el sabio del valle, para que examinara su garganta.

El viejo dinosaurio estiró el larguísimo cuello, lo miró con bondad y le sonrió:

—No te preocupes, pequeño Bruno. Tu rugido no se ha roto, solo se ha cansado de asustar a los demás. El valle es demasiado grande para los gritos, pero es perfecto para los susurros y las palabras amables. Prueba a hablar bajito hoy y observa qué ocurre.

Con un poco de miedo, Bruno regresó al prado. Allí vio a una pequeña anquilosauria que intentaba alcanzar unas bayas rojas en lo alto de un arbusto espinoso sin conseguirlo.

Antes, Bruno se habría acercado rugiendo para pedir las bayas. Pero ahora, sin su rugido, se acercó despacito, con mucha calma, y le dijo con voz muy suave y amable:

—Hola... ¿quieres que te ayude a coger las bayas con mis patitas largas?

La pequeña anquilosauria se giró sorprendida. Al ver que el T-Rex no iba a asustarla, le regaló una gran sonrisa y aceptó encantada. Juntos cogieron las bayas y se sentaron a compartirlas bajo la sombra de una palmera, charlando tranquilamente y descubriendo cuántas cosas tenían en común.

A lo largo de la tarde, Bruno se acercó a otros animales del valle hablando siempre con un tono dulce y pausado. Ninguno salió corriendo; al contrario, todos se quedaron a jugar con él al escondite y a las carreras.

Bruno comprendió entonces que no necesitaba dar grandes gritos para hacerse notar. Su voz suave y su nueva capacidad de escuchar a los demás le habían abierto la puerta a un montón de amigos maravillosos.

Moraleja: Dar grandes gritos o rugidos de rabia solo consigue alejar a los demás; hablar con amabilidad, escuchar con atención y comunicarnos con suavidad es la llave para hacer buenos amigos.

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