El pirata que no sabía nadar
En el gran archipiélago de las Siete Olas navegaba el temido barco *El Corsario Alegre*, comandado por el capitán Mateo, conocido por todos como Barbanegra (aunque su barba fuera más bien castaña y oliera a limones frescos). Mateo era un capitán valiente: se enfrentaba a las tormentas más fieras, descifraba mapas indescifrables y escalaba los mástiles más altos sin vacilar.
Sin embargo, Mateo guardaba un secreto que le hacía encoger el estómago cada vez que el barco se acercaba a la orilla: no sabía nadar. De pequeño, un fuerte oleaje le había dado un buen susto y, desde entonces, el agua profunda le producía un pánico tremendo. Como los piratas debían parecer siempre rudos e invencibles, se había pasado la vida inventando excusas para no pisar la playa.
—¡Yo prefiero vigilar el barco desde cubierta, muchachos! ¡El agua salada estropea mis botas de cuero! —exclamaba siempre con una risa nerviosa cuando la tripulación bajaba a la arena.
Un soleado martes, mientras buscaban un cofre perdido en una isla desierta, ocurrió lo inesperado. Mateo dio un mal paso sobre una roca resbaladiza cubierta de musgo y, ¡zas!, cayó de cabeza al agua cristalina del mar.
El capitán aleteó desesperado, tragando agua salada y agitando los brazos sin orden ni concierto. El barco estaba a pocos metros, pero el miedo le impedía avanzar.
Justo cuando creía que se hundiría entre burbujas, sintió un suave empujón bajo su chaleco. Una aleta plateada y firme lo sostuvo a flote. Al abrir los ojos, vio que se trataba de Ciro, un simpático delfín de piel brillante que lo miraba con una amplia sonrisa marina.
—Tranquilo, capitán, no pasa nada por no saber nadar —le sopló el delfín con una voz alegre que resonaba bajo el agua—. Pero patalear con miedo solo te cansa. Relájate y confía.
Con la ayuda de Ciro, Mateo consiguió calmar la respiración. Dejó de agitarse bruscamente, estiró el cuerpo como le indicaba el delfín y descubrió que el agua, lejos de tragársele, lo sostenía con suavidad si mantenía la calma.
Poco a poco, braceando con compás, llegó hasta la orilla donde su tripulación lo aguardaba boquiabierta. En lugar de avergonzarse, Mateo sacudió el agua de su sombrero, echó una gran carcajada y abrazó al delfín.
—¡Tienen razón los libros! Nunca se es demasiado viejo para aprender algo nuevo —admitió el capitán ante sus marineros.
Desde aquel día, las paradas en la isla cambiaron por completo. El capitán Barbanegra dejó de esconder su secreto y, con la paciencia de su amigo Ciro, se convirtió en el mejor nadador de todo el archipiélago pirata.
Moraleja: Reconocer lo que no sabemos y atrevernos a pedir ayuda es el primer y más importante paso para superar cualquier temor y aprender cosas maravillosas.