El zorro que perdió sus colores
En lo más profundo del bosque vivía Dante, un zorro muy especial. No era un zorro común de pelaje anaranjado; su cuerpo brillaba con preciosos destellos de colores: rojo brillante, amarillo sol, azul cielo y verde hoja. Dante estaba muy orgulloso de su aspecto y guardaba en su madriguera una colección de objetos brillantes que nunca prestaba a nadie.
—Míos, todo esto es mío —solía decir abrazando sus tesoros con fuerza cada vez que se acercaba otro animal.
Un día sopló un viento muy extraño por el bosque. A medida que soplaba, Dante notó que su pelaje empezaba a apagarse. Primero perdió el rojo, luego el verde y después el amarillo. Preocupado, corrió a mirarse en el reflejo del arroyo y descubrió que se había vuelto completamente gris y apagado.
Desesperado, buscó al sabio búho del roble y le contó lo que le pasaba.
—Tus colores se marchan cuando guardas las cosas solo para ti —le explicó el búho con voz pausada—. El brillo de un zorro no viene de su pelaje, sino de la alegría que reparte a su alrededor.
Dante se quedó pensando. Decidió hacer una prueba. Al volver a su madriguera, se encontró al pequeño erizo temblando de frío porque no tenía dónde cobijarse. Sin pensarlo dos veces, Dante cogió una de sus mantas brillantes y se la ofreció al erizo.
En cuanto la manta abrigó al erizo, un hermoso destello verde brotó en la cola de Dante. Sorprendido y feliz, continuó repartiendo el resto de sus tesoros entre los animales que lo necesitaban: compartió sus frutos con el tejón hambriento y sus juguetes de madera con los zorritos pequeños.
Con cada gesto de generosidad, un color nuevo regresaba a su cuerpo, luciendo esta vez mucho más brillante y vivo que antes. Dante comprendió al fin que dar lo que tiene uno no vacía las manos, sino que llena el corazón de verdadera felicidad.
Moraleja: La generosidad y el compañerismo multiplican la alegría; las cosas adquieren su verdadero valor cuando se comparten con los demás.