El brujo miedoso y el gato sabio

En lo alto de un peñasco rocoso se alzaba el Castillo de las Sombras, una fortaleza antigua donde vivía Balthazar, un joven brujo de túnica morada y puntiagudo sombrero. Balthazar sabía preparar pociones e inventar fórmulas complejas, pero tenía un secreto que nadie en el pueblo imaginaba: le pánico absoluto a la oscuridad de su propio castillo.

Tan pronto como el sol se ocultaba tras el horizonte y las esquinas de los pasillos de piedra comenzaban a oscurecerse, Balthazar cerraba los ojos con fuerza, se acurrucaba en su sillón y encendía hasta diez velas al mismo tiempo. Cualquier crujido en la madera o sombra proyectada por una armadura le hacía dar un brinco de susto.

Por suerte, Balthazar no estaba solo. A su lado vivía Sombra, un gato negro de ojos dorados y brillantes que caminaba con paso firme y una absoluta tranquilidad por los rincones más oscuros del castillo.

Una noche de invierno, mientras el viento soplaba con fuerza fuera de las murallas, se produjo un repentino chispazo y todas las velas del estudio se apagaron de golpe. La oscuridad absoluta invadió la habitación, convirtiendo los percheros y estanterías en siluetas aterradoras.

Balthazar soltó un grito ahogado y se metió debajo de la mesa, tiritando de miedo y sin atreverse a dar un solo paso.

Al cabo de un instante, sintió un suave roce contra su pierna. Era Sombra. El gato se acercó con paso seguro, maulló con dulzura y comenzó a ronronear rítmicamente, como una pequeña estufa de paz en medio del frío.

—Ven, Balthazar —parecía decirle con la mirada—. La oscuridad no es más que el espacio donde descansan las cosas para que vuelva a nacer el día. No hay nada que temer.

El gato dio unos pasos hacia el centro de la sala y se sentó, esperando. Balthazar respiró hondo, imitando el compás del ronroneo de su amigo felino. Poco a poco, el temblor de sus manos disminuyó. Se asomó desde debajo de la mesa y abrió los ojos con atención.

Para su sorpresa, al mirar sin miedo descubrió que la supuesta «figura monstruosa» de la esquina era solo su perchero con la capa colgada, y que la sombra amenazante de la ventana era la rama de un viejo olivo mecida por el viento. La oscuridad ya no parecía un enemigo invisible, sino un manto tranquilo que envolvía el castillo.

Balthazar salió de su escondite, acarició con cariño la cabeza de Sombra y, con una sonrisa de alivio, encendió una única vela pequeña, comprendiendo que no necesitaba una muralla de fuego para sentirse seguro.

Desde aquella noche, el brujo miedoso aprendió que los miedos a la oscuridad se hacen más pequeños cuando los miras de frente y te apoyas en la compañía de un buen amigo.

Moraleja: La oscuridad no esconde monstruos, sino perspectivas equivocadas por el temor; mirar de frente a lo que nos asusta y compartirlo con alguien de confianza disipa cualquier sombra.

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