El dragón que estornudaba mariposas
En lo alto de las Colinas Nubladas vivía Ignis, un dragón de escamas color verde esmeralda que medía tres metros de altura, tenía una cola larga y fuerte, y una gran sonrisa bondadosa. Sin embargo, Ignis pasaba los días muy preocupado y con la punta de la nariz siempre helada.
Según los libros antiguos de la comarca, los dragones debían rugir con fuerza, custodiar castillos y escupir llamaradas de fuego ardiente capaces de fundir las rocas más duras. Pero Ignis guardaba un pequeño secreto que lo avergonzaba muchísimo: cada vez que sentía un cosquilleo en la nariz y se preparaba para rugir como un valiente, lo único que salía de su hocico no era fuego, sino una nube de aire fresco acompañada de decenas de mariposas de colores brillantes.
—¡Achís! —estornudaba Ignis, y de inmediato el aire se llenaba de mariposas azules, amarillas, naranjas y violetas que revoloteaban alegremente a su alrededor.
Al principio, el dragón intentaba contener los estornudos tragando aire con fuerza o tapándose el hocico con las garras. Temía que, si los habitantes del valle cercano veían su extraño poder, saldrían corriendo asustados pensando que era un monstruo peligroso. Por eso vivía apartado en su cueva, jugando en solitario con sus amigas las mariposas.
Un año, el valle situado al pie de la montaña sufrió una sequía terrible. Los campos de flores que daban alegría al lugar se marchitaron, las abejas se marcharon volando en busca de néctar y los niños del pueblo ya no tenían un lugar bonito donde jugar. Los aldeanos estaban muy tristes y preocupados.
Una tarde, una pequeña niña llamada Nora se aventuró a subir sola por los senderos de las Colinas Nubladas buscando tréboles silvestres. Caminó tanto que llegó hasta la cueva de Ignis. Al ver a un dragón tan grande, Nora se detuvo de golpe, conteniendo la respiración.
Ignis, al ver a la niña, se asustó tanto que dio un paso atrás y sintió un picor inmenso en la nariz. Intentó aguantarse, pero fue imposible: —¡A-a-chís! —estornudó con todas sus fuerzas.
Cerró los ojos esperando ver la huida de la niña. Pero en lugar de fuego y destrucción, un torbellino mágico de cientos de mariposas de colores salió disparado, formando un arco iris brillante en el aire gris de la montaña y posándose con delicadeza sobre los hombros y el cabello de Nora.
La niña soltó una carcajada cristalina de pura felicidad. Estiró las manos y dejó que una mariposa dorada se posara en su dedo.
—¡Oh, qué maravilla! —exclamó Nora con los ojos abiertos de par en par—. ¡Eres un dragón mágico! Tus estornudos traen la primavera.
Ignis parpadeó sorprendido. Por primera vez en su vida, nadie huía despavorido de su presencia. Animado por la sonrisa de Nora, el dragón descendió con cuidado hasta los bordes del valle marchito y, tomando aire con suavidad, comenzó a estornudar una y otra vez.
*¡Achís! ¡Achís!* Con cada estornudo de Ignis, el valle se llenaba de miles de mariposas que polinizaban la tierra seca. En pocas horas, los prados volvieron a cubrirse de césped verde, margaritas silvestres y rosales en flor. El pueblo recuperó su alegría y los aldeanos comprendieron que no todos los tesoros de los dragones son de oro y fuego; algunos tienen alas de colores y traen vida.
Desde entonces, Ignis dejó de esconderse en su cueva. Se convirtió en el guardián más querido del valle, aprendiendo que aquello que nos hace diferentes no es un defecto, sino un don único que puede alegrar el mundo.
Moraleja: Lo que crees que es una debilidad o algo extraño en ti puede convertirse en tu mayor virtud; acéptate tal como eres, porque tu forma de ser aporta una magia única al mundo.