El mar de la tristeza azul

En lo más hondo de un arrecife de coral, donde el agua se vuelve de un color azul profundo y calmado, vivía un pececito llamado Azulín. A Azulín le encantaba nadar rápido, jugar al escondite entre las anémonas y perseguir burbujas con sus amigos del banco de peces.

Pero una mañana, Azulín se despertó sintiendo una extraña pesadez en las aletas. No tenía ganas de nadar rápido, ni de perseguir burbujas, y una pequeña nube gris parecía flotar justo encima de su cabecita. Una gran pena se había instalado en su interior sin ningún motivo aparente.

Azulín se ocultó tras una hoja de alga verde y comenzó a llorar en silencio. Sus lágrimas se mezclaban con el agua del mar, formándose pequeñas burbujitas saladas.

Por allí pasó la sabia tortuga marina Doña Lola, que nadaba despacio moviendo sus aletas con elegancia. Al ver al pececito tan encogido, se detuvo y le preguntó con voz muy dulce:

—¿Qué te ocurre, pequeño Azulín? ¿Por qué estás tan quietecito?

—Tengo una pena muy grande dentro y no sé por qué —respondió Azulín con un hilito de voz, secándose los ojitos con una aleta—. Intento estar contento, pero esta tristeza azul no se marcha y me hace sentir mal.

Doña Lola sonrió con absoluta ternura y se acomodó a su lado sobre la arena fina del fondo marino.

—Estar triste no tiene nada de malo, Azulín —le explicó la tortuga con paciencia—. Las emociones no son ni buenas ni malas; todas tienen un propósito. La tristeza es como una lluvia suave que cae sobre el jardín del corazón. Al llorar, dejas salir lo que pesa por dentro y limpias el alma.

Azulín se quedó pensando en las palabras de Doña Lola. Dejó de intentar contener las lágrimas y permitió que la tristeza fluyera con libertad. Lloró despacito, respirando con calma, mientras sentía el abrazo invisible del mar.

Poco a poco, a medida que las lágrimas se disolvían en el agua, la pesadez de su cuerpo comenzó a desaparecer. La nube gris que flotaba sobre su cabeza se desvaneció, dejando el agua limpia y transparente.

Azulín dio un par de coletazos suaves, estiró las aletas y notó su interior ligero, despejado y lleno de una paz muy reconfortante. Comprendió que dejar espacio a la tristeza era el camino necesario para volver a sonreír.

Moraleja: No temas sentir tristeza ni llores a escondidas; llorar y expresar lo que nos duele limpia el corazón y deja espacio para que la alegría vuelva a florecer.

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