El monstruo de la rabia roja
En el interior del corazón de los niños y niñas a veces vive un pequeño invitado muy curioso: el Monstruo de la Rabia Roja. Es un monstruitos redondo, de color rojo brillante como un tomate, con el ceño muy fruncido y unos humos que le salen por las orejas cada vez que algo no sale como él esperaba.
Un día, Leo estaba jugando en su habitación construyendo una torre altísima con bloques de madera. Faltaba solo una pieza para colocarla en la cúspide, cuando su perrito pasó corriendo, movió la alfombra por accidente y... ¡zas! La torre se desplomó por completo, haciendo un ruido ensordecedor.
En ese exacto segundo, el Monstruo de la Rabia Roja saltó dentro del pecho de Leo. Su corazón empezó a latir muy deprisa (*tum-tum, tum-tum*), sintió calor en las mejillas y unas ganas inmensas de gritar y dar patadas al suelo.
—¡No es justo! ¡Se ha roto todo! —gritó Leo con los puños apretados.
El Monstruo de la Rabia se puso gigantesco dentro de él, haciéndole sentir que iba a explotar de frustración.
Por suerte, la mamá de Leo entró en la habitación con una sonrisa tranquila y se agachó a su altura. No se asustó por los gritos; sabía perfectamente quién andaba por allí.
—Vaya, veo que el Monstruo de la Rabia Roja ha venido a visitarte —dijo su mamá con voz muy suave—. Es normal que estés enfadado porque tu torre se ha caído. Pero si dejas que el monstruo grite por ti, se hará cada vez más grande.
—¿Y qué puedo hacer para que se haga pequeñito? —preguntó Leo con un hilito de voz, respirando con dificultad.
—Haremos un superpoder secreto: el escudo de la respiración profunda —le explicó su mamá guiñándole un ojo—. Pon tus manos sobre la tripa. Vamos a tomar aire despacio por la nariz, imaginando que olemos una flor muy rica... y luego lo soltamos despacito por la boca, como si apagáramos la vela de un pastel.
Leo cerró los ojos y lo intentó. Inhaló profundamente llenando la tripa como un globo... y exhaló despacio por la boca: *fuuuu*.
Lo repitió una segunda vez, y luego una tercera. Con cada respiración, notaba que los latidos de su corazón se calmaban y el calor de sus mejillas disminuía.
Al abrir los ojos, miró hacia su pecho: el Monstruo de la Rabia Roja se había encogido tanto, tanto, que ahora parecía una bolita blanda y roja del tamaño de una nuez, sin fuerza para enfadarse más.
Leo dio un suspiro de alivio, sonrió y le dijo a su mamá: —¡Creo que ya se ha marchado! Ahora podemos construir la torre otra vez, pero esta vez con más cuidado.
Moraleja: Sentir enfado o frustración es una emoción natural; cuando el Monstruo de la Rabia intente dominarte, respira hondo y despacio para recuperar la calma y ver las cosas con claridad.