El pájaro que guardaba los bostezos
Cuando el sol se escondía tras las montañas y el cielo se vestía de azul marino, comenzaba la misión más importante de Ciro. Ciro no era un pájaro común; era un diminuto colibrí de plumas plateadas que solo volaba de noche, con un saquito de tela colgado al hombro.
Mientras los niños se metían en la cama, a veces se quedaban pensando en cosas del día: si se les había caído un helado, si un juguete se había roto o si les daba vergüenza haber fallado en algo. Esas pequeñas preocupaciones se quedaban dando vueltas en la cabeza y no dejaban venir al sueño.
Ahí era donde entraba en acción Ciro. Volaba silencioso hasta la ventana de la habitación, se posaba en el alféizar y exhalaba un suave aroma a lavanda. Con su piquito fino, se acercaba a la oreja de los niños y les susurraba:
—Guarda aquí tus enredos, pequeño. Ya pasó el día; ahora toca descansar.
Los niños, sintiendo una confianza inmensa, imaginaban que metían todas sus preocupaciones dentro del saquito de Ciro. Al soltar el peso de lo que les molestaba, una gran relajación les invadía el cuerpo y abrían la boca en un larguísimo y redondo bostezo.
Ciro atrapaba cada bostezo al vuelo con muchísimo cuidado y los guardaba en su zurrón mágico. Al abrirlos por la mañana, los transformaba en energía alegre para un nuevo amanecer.
Una noche, un niño llamado Leo le preguntó antes de cerrar los ojos:
—Ciro, ¿por qué te llevas nuestras tristezas y nos das bostezos?
El pequeño colibrí batió sus alitas con suavidad y le respondió con una sonrisa en los ojos:
—Porque las cargas del día pesan demasiado para llevarlas a la cama, Leo. Compartir lo que nos preocupa y aprender a soltarlo a tiempo es el secreto para que el corazón descanse ligero y encuentre la paz.
Leo comprendió el mensaje, cerró los ojos con una sonrisa de alivio y se sumergió en un sueño profundo y reparador.
Moraleja: No cargues con los problemas del día cuando llegue la hora de descansar; soltarlos y compartirlos alivia el alma y nos prepara para un nuevo comienzo.