La nube que no sabía llover

Muy alto, en el gran cielo azul, vivía Nimbo, una nubecita blanca y esponjosa que tenía un pequeño secreto que la ponía un poco triste. Mientras sus hermanas mayores, las nubes grises y regordetas, se preparaban cada tarde para soltar grandes chaparrones que alegraban los campos y hacían crecer las flores, Nimbo era incapaz de producir ni una sola gota de lluvia.

Cada vez que el viento soplaba y ordenaba a todas las nubes exprimir su vapor de agua, Nimbo lo intentaba con todas sus fuerzas. Se ponía muy seria, apretaba los bordes y fruncía el ceño: *—¡A ver, agüita, sal de ahí!* —pensaba. Pero lo único que conseguía era expulsar un tímido soplido de aire tibio y un par de risitas flotantes.

—Vaya, Nimbo —le decía a veces una nube gris con tono de preocupación—. Si no aprendes a llover, ¿para qué sirves en el cielo? Las nubes estamos hechas para regar la tierra.

Nimbo se sentía muy chiquitita y apartaba la mirada, flotando despacio hacia el rincón más solitario del horizonte.

Una tarde de primavera, mientras la tierra estaba sedienta y los animales del campo miraban al cielo esperando el agua, una pequeña ardilla y un conejo jugaban en un prado verde. Al levantar la cabeza y ver a la nubecita blanca tan quieta y pensativa, el conejo exclamó:

—¡Miren esa nube de ahí arriba! Tiene la forma exacta de un osito durmiendo con un gorro de dormir.

La ardilla aplaudió con entusiasmo: —¡Es verdad! Y justo al lado se acaba de transformar en un caballito con alas. ¡Qué maravilla!

Nimbo parpadeó sorprendida. ¿De qué hablaban? Sin darse cuenta, el viento soplaba suavemente sobre su cuerpo vaporoso y, al cambiar de postura, su silueta dibujaba imágenes preciosas en el cielo azul.

Pronto, muchos niños y animales del campo comenzaron a tumbarse sobre la hierba para mirar a Nimbo. Unos veían un barco de vela cruzando los mares celestes; otros, un enorme elefante saludando con la trompa. La tristeza de la pequeña nube se desvaneció al comprender algo muy importante: aunque ella no sabía llover como las demás, tenía el poder mágico de hacer sonreír a todo el mundo con su imaginación.

Comprendió que no todas las nubes tienen que hacer lo mismo para ser valiosas. Las nubes grises traían el agua que alimentaba las plantas, y ella traía la alegría y la fantasía a través de sus formas cambiantes.

Desde aquel día, Nimbo ya no se preocupa por vaciarse en forma de lluvia; prefiere flotar feliz por el cielo, estirándose y encogiéndose para pintar sonrisas en las tardes de todos los niños.

Moraleja: No intentes ser exactamente igual a los demás; cada uno de nosotros tiene un talento único y especial que aporta alegría y valor al mundo.

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