La sombra que tenía miedo de la luz
En una bonita habitación infantil, empapelada con estrellas doradas y lunitas de colores, vivía una sombra muy especial llamada Nubecita. A diferencia de las demás sombras, que disfrutaban estirándose en la pared cuando entraban los rayos de sol por la ventana, Nubecita prefería esconderse bajo la cómoda o detrás de los peluches.
¿El motivo? Nubecita tenía un miedo terrible a la luz brillante del día. Pensaba que si una lámpara potente o el sol de mediodía la iluminaban de repente, su cuerpo translúcido y oscuro se desvanecería por completo y desaparecería para siempre.
Por eso, solo se atrevía a salir a jugar bien entrada la noche, cuando la penumbra envolvía el dormitorio y los niños ya dormían plácidamente en sus camas.
Una tarde de verano, Mateo, el niño de la habitación, se dejó una pequeña lámpara de lectura encendida sobre la mesita de noche. El haz de luz comenzó a crecer, proyectando un resplandor dorado que iluminó todo el rincón donde Nubecita intentaba acurrucarse.
—¡Ay, no! ¡Qué destello tan fuerte! Me va a tragar —se lamentó la pequeña sombra, cerrando los ojitos con fuerza y temblando de miedo.
En ese momento, un simpático rayito de luz que bailaba en la habitación se detuvo frente a ella y le dijo con una voz cálida y suave:
—Hola, pequeña sombra. No tengas miedo. Yo no estoy aquí para hacerte desaparecer.
Nubecita abrió un ojito con desconfianza y preguntó: —¿De verdad? Si me tocas con tanta claridad, seguro que me desvanezco.
El rayito de luz soltó una risa chispeante y se estiró con delicadeza. —La luz y la oscuridad no son enemigas, Nubecita. Sin mí, nadie sabría que tú existes. Yo necesito de tu silueta para dibujar formas divertidas en la pared, y tú necesitas de mi brillo para cobrar vida.
Curiosa, Nubecita se animó a dar un pasito al frente y se dejó iluminar un poquito por el borde del rayo de luz. Para su sorpresa, no se desvaneció; al contrario, descubrió que al recibir la claridad podía estirar sus brazos y proyectar en la pared figuras preciosas: conejitos saltando, árboles con hojas y divertidos perritos moviendo la cola.
Mateo, que aún estaba despierto en la cama, vio las bonitas sombras chinescas reflejadas en la pared y soltó una carcajada alegre, aplaudiendo con entusiasmo.
Nubecita comprendió entonces que la luz no era algo que debiera temer, sino su mejor compañera de juegos. Desde aquella noche, ya no se esconde bajo la cómoda; al contrario, disfruta bailando suavemente con los rayos de luz para desear dulces sueños a todos los niños antes de dormir.
Moraleja: Lo que al principio nos parece desconocido o amenazante puede convertirse en nuestro mejor aliado cuando nos atrevemos a mirarlo sin miedo.