El cohete que tenía miedo a las alturas
En el gran Cosmódromo de las Estrellas se preparaban cada noche naves espaciales de todos los tamaños y colores para surcar el firmamento. Entre ellas estaba Astro, un cohete pequeñito de color azul brillante, con una punta plateada y unos motores diseñados con muchísimo esmero.
Astro tenía todo lo necesario para ser un gran explorador del cosmos, pero cada vez que el altavoz anunciaba la cuenta atrás para el despegue —cinco, cuatro, tres, dos, uno...—, a Astro le temblaban los tornillos y apagaba los motores avergonzado.
—No puedo hacerlo —se lamentaba Astro ocultándose en su plataforma—. Desde aquí arriba, la Tierra se ve muy lejos y el cielo oscuro parece demasiado grande. ¿Y si me pierdo allá en lo alto?
Los cohetes más grandes pasaban a su lado rugiendo con potencia y surcando las nubes con elegancia, lo que hacía que Astro se sintiera todavía más pequeño y temeroso.
Una noche despejada, mientras la base espacial quedaba en silencio, una pequeña estrella fugaz de cola dorada se deslizó planeando con suavidad y se posó justo al lado de su plataforma de lanzamiento.
—Hola, pequeño cohete —le saludó la estrella con una voz chispeante y cálida—. Te he visto suspirar todas las noches. ¿Por qué sigues con los propulsores apagados?
Astro bajó la punta metálica entristecido.
—Tengo pánico a las alturas. Me da miedo volar tan lejos de casa y no saber encontrar el camino de regreso —confesó el cohete.
La estrella fugaz sonrió, desprendiendo un brillo plateado muy reconfortante.
—El miedo es completamente normal cuando te enfrentas a algo desconocido, Astro. Pero tus motores no se construyeron para quedarse quietos en tierra firme. No tienes que volar tan lejos de golpe; empieza dando un pequeño salto, confía en tu propulsión y recuerda que yo volaré a tu lado para iluminarte el camino.
Astro respiró hondo, activó los mandos internos de su panel y encendió los motores al mínimo, sintiendo un calorcito agradable en su estructura.
Cinco, cuatro, tres, dos, uno... ¡despegue suave!
Con un impulso firme pero tranquilo, Astro se elevó de su plataforma. Al principio cerró los ojos con fuerza, pero al notar el suave abrazo del viento espacial y ver a la estrella fugaz guiándole con su luz dorada, se atrevió a abrirlos.
Abajo, las luces de la Tierra parpadeaban como luciérnagas titilantes; arriba, una alfombra infinita de constelaciones le saludaba en silencio. Astro comprobó que el cielo no era un lugar tenebroso, sino un espacio lleno de belleza y tranquilidad.
Desde aquella noche, el pequeño cohete se convirtió en uno de los exploradores más felices de la galaxia, sabiendo que para volar alto solo hace falta dar el primer paso con confianza y buena compañía.
Moraleja: Sentir miedo ante lo desconocido es natural; dar el primer paso paso a paso y confiar en tus propias capacidades te permitirá descubrir que eres capaz de llegar mucho más lejos de lo que imaginas.