El marciano que buscaba un abrazo

En un pequeño planeta de color morado, muy lejos de la Vía Láctea, vivía Zik. Zik era un simpático marciano de piel verde brillante, tres ojos curiosos y un par de antenas flexibles que se doblaban cuando estaba contento. Su planeta era muy tranquilo, pero también muy solitario; allí no había a quién saludar por las mañanas ni con quién compartir juegos al atardecer.

Una noche, mientras miraba a través de su telescopio hacia el infinito, Zik descubrió un punto azul y brillante que parpadeaba alegremente: el planeta Tierra. Intrigado por las luces que destellaban en los continentes, decidió construir una pequeña nave con latas de metal recicladas y polvo de cometa para emprender el viaje.

Tras cruzar anillos de asteroides y sortear estelas de estrellas fugaces, Zik aterrizó suavemente en un prado lleno de margaritas silvestres en la Tierra. Era de noche y todo estaba en calma.

El primer ser con el que se cruzó fue un gran oso pardo que roncaba plácidamente bajo un roble. Zik se acercó con cuidado, le tocó la pata con una antenita y le preguntó tímidamente:

—Hola, habitante de la Tierra. Vengo de muy lejos. ¿Podrías darme un abrazo?

El oso, medio dormido, se dio la vuelta buscando una postura más cómoda y soltó un ronquido tan fuerte que hizo retroceder a Zik. No era exactamente lo que buscaba.

Siguiendo su camino, el pequeño marciano llegó a un jardín donde un gracioso perrito jugaba con una pelota. Al ver a Zik, el perrito movió la cola con energía, dio saltos de alegría, corrió hacia él y le dio un par de lametones cariñosos en la mejilla verde. Zik soltó una carcajada cósmica, pero se dio cuenta de que aquello era un lametón, no un abrazo completo.

Un poco más tarde, sentado en el banco de un parque bajo la luz de la farola, Zik empezó a entristecerse. Sus antenas se doblaron hacia abajo y una pequeña lágrima brillante rodó por su mejilla. Parecía que en aquel enorme planeta nadie sabía lo que era un abrazo de verdad.

En ese momento, una niña pequeña llamada Carla que no podía dormir se asomó a la ventana de una casa cercana y vio al pequeño ser verde sentado en el banco. Sin miedo, Carla bajó corriendo al jardín con su pijama de estrellitas.

Al llegar junto a él, vio su carita apenada. Sin decir una sola palabra, abrió los brazos con fuerza, rodeó el cuerpo de Zik y lo apretó contra su pecho con un abrazo cálido, sincero y apretadito.

Zik abrió sus tres ojos de par en par. Sintió un calor inmenso que recorría todo su cuerpo desde la cabeza hasta la punta de los pies. Sus antenas se enderezaron al instante y empezaron a brillar como fuegos artificiales de colores.

Comprende entonces que, aunque en el cosmos existieran miles de mundos diferentes y lenguas extrañas, el lenguaje del cariño y de los abrazos era exactamente el mismo en cualquier rincón del universo.

Moraleja: Las diferencias físicas o de origen no importan; la necesidad de sentir afecto, ternura y un buen abrazo es universal en todos los rincones del cosmos.

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