El gigante que aprendió a compartir

En lo alto de una colina verde que dominaba todo el valle vivía Egor, un gigante de más de cuatro metros de altura. Egor tenía un castillo de piedra oscura y un jardín gigantesco sembrado de árboles frutales, parterres de flores exóticas y un estanque de aguas cristalinas donde nadaban carpas doradas.

A pesar de tener un terreno tan maravilloso, Egor era un gigante solitario y arisco. No le gustaba recibir visitas ni escuchar ruidos cerca de su propiedad. Cada vez que los niños del pueblo cercano se acercaban con curiosidad a las verjas del jardín para coger una manzana o escuchar el cantar de los mirlos, Egor se asomaba por encima de los muros con el ceño fruncido y una voz que resonaba como un trueno:

—¡Fuera de aquí! ¡Este jardín es mío y solo mío! ¡No quiero que nadie pise mi césped!

Los niños salían corriendo despavoridos, y los vecinos del valle decidieron no volver a acercarse jamás por aquellos lares. Con el paso del tiempo, Egor levantó un muro de piedra todavía más alto alrededor de su propiedad para asegurarse de que nadie pudiera molestarle.

Sin embargo, ocurrió algo muy extraño. En cuanto el gigante cerró su jardín a cal y canto, la primavera dejó de visitarlo. Mientras el resto del valle florecía con colores vivos, risas y cantos de pájaros, el jardín de Egor se quedó sumido en un invierno perpetuo. La escarcha cubría los árboles, la hierba se marchitó y el estanque se congeló por completo. El gigante pasaba los días sentado junto a la chimenea apagada, sintiendo un frío inmenso que no venía del exterior, sino de su propio interior.

Una tarde de fuerte ventisca, Egor escuchó un sonido muy débil que provenía de la verja principal. Se asomó con curiosidad y descubrió a un grupo de niños del pueblo que, tiritando de frío, intentaban buscar refugio contra el muro de piedra, pues el viento soplaba con fuerza en el camino.

Por primera vez en muchos años, Egor no sintió enfado, sino una profunda compasión. Al ver las caritas frías de los pequeños, recordó que su enorme castillo estaba lleno de estancias vacías y leña acumulada que no servía para nada en solitario.

Con manos torpes pero llenas de buena intención, el gigante empujó el pesado portón de hierro, que se abrió con un crujido seco.

—Entrad... no os quedéis ahí fuera con este frío —dijo Egor con una voz extrañamente suave y cálida.

Los niños dudaron un instante, pero el brillo bondadoso en los ojos del gigante los animó a pasar. Egor les ofreció mantas calientes, preparó una gran taza de chocolate humeante y encendió una chimenea enorme que llenó el salón de luz y bienestar.

En cuanto los niños comenzaron a reír y a jugar junto al fuego, un milagro ocurrió en el exterior. Un rayo de sol atravesó las nubes grises, cayó sobre el jardín y, de inmediato, la nieve se derritió. Los manzanos brotaron con flores rosadas, los pájaros regresaron cantando a las ramas y el estanque recuperó su brillo cristalino.

Egor comprendió entonces que su jardín no estaba maldito por el clima, sino por su propia soledad. Las cosas hermosas de la vida pierden su valor si no hay con quién compartirlas.

Desde aquella tarde, el muro de piedra fue derribado piedra a piedra. Las puertas del jardín quedaron siempre abiertas para todos los niños del valle, convirtiendo aquel lugar en el rincón más alegre y feliz de la comarca.

Moraleja: La verdadera riqueza de lo que poseemos se multiplica cuando aprendemos a abrir nuestro corazón, nuestro espacio y nuestros bienes para compartirlos con los demás.

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