La ardilla que olvidó sus nueces

En el gran Roble Centenario vivía Almendra, una ardilla muy activa, simpática y de cola esponjosa. Durante todo el verano y el otoño, Almendra se había pasado el día entero corriendo de un lado para otro, saltando entre las ramas y escondiendo nueces, avellanas y castañas para asegurarse provisiones durante los fríos meses de invierno.

—Guardo una por aquí, otra por allá y esta en el hueco de aquel tronco —se decía a sí misma muy satisfecha, anotando mentalmente cada lugar.

Sin embargo, Almendra era también una ardilla muy despistada. Con tantas carreras y juegos con sus amigos, terminó olvidando exactamente dónde había enterrado la mitad de sus tesoros.

Cuando llegó la primera nevada y el suelo se cubrió de un manto blanco y helado, Almendra sintió un crujido en la tripa. Decidió ir en busca de sus despensas secretas. Corrió hacia el tronco donde creía haber dejado una gran reserva de avellanas, escarbó con sus patitas en la nieve, pero... ¡sorpresa! El hueco estaba completamente vacío.

Probó en el segundo escondite, luego en el tercero, y nada. El frío aumentaba y la pequeña ardilla comenzó a asustarse, sentada sobre la nieve con las orejas gachas y lágrimas en los ojos.

Por allí pasaba el viejo topo Blas, que asomó la cabeza de su túnel al verla tan triste. Al enterarse de lo ocurrido, el topo sonrió con bondad y le ofreció un buen puñado de raíces tiernas y semillas que guardaba en su despensa subterránea.

Poco después, un arrendajo azul se posó en la rama del roble dejando caer tres castañas tostadas frente a ella, y una familia de ratoncitos de campo le acercó un trocito de pan integral.

Almendra se quedó con los ojos abiertos de par en par, conmovida por tanta generosidad. Comprendió que, aunque ella había olvidado sus propias reservas, la generosidad de los demás animales del bosque formaba una red mucho más grande y segura que cualquier escondite individual.

Compartieron una gran cena calentita bajo las raíces del roble, riendo y contando historias mientras fuera soplaba el viento del invierno. Almendra aprendió que el verdadero tesoro no es acumular cosas para uno mismo, sino vivir rodeado de amigos dispuestos a tenderte una pata cuando más lo necesitas.

Moraleja: Nadie está solo si cultiva buenas amistades; la solidaridad y el apoyo mutuo son nuestros mejores abrigos frente a las dificultades de la vida.

¿Qué te ha parecido este cuento?

¿Cuántas estrellas le das a esta historia?
★ ★ ★ ★ ★

Sigue leyendo más historias de valores: