El lápiz que dibujaba sonrisas
En el aula de la clase de Infantil todo era alegría y alboroto. Los rincones estaban llenos de bloques de madera, ceras de colores y murales llenos de huellas de manos pintadas. Tomy, un niño de cinco años inquieto y sonriente, abrió su estuche de tela azul para sacar sus ceras antes de empezar la actividad de la mañana.
Al buscar en el fondo del estuche, su mano tropezó con algo nuevo: un lápiz de madera suave, con una goma brillante en forma de estrella dorada en el extremo superior. Tomy no recordaba haberlo visto antes, pero le pareció el lápiz más bonito del mundo.
Esa mañana llegó a la clase una niña nueva llamada Maya. Se sentó en la mesa redonda cerca de la ventana, con la mirada puesta en sus zapatos y las manos apretadas sobre las rodillas. Estaba nerviosa porque era su primer día y no conocía a nadie en el colegio.
Tomy notó que Maya no hablaba ni jugaba con las plastilinas. Se sintió un poco triste por ella, imaginando lo difícil que debía de ser estar solo en un sitio nuevo.
Entonces, el lápiz de la estrella dorada pareció darle un ligero cosquilleo en los dedos. Tomy cogió un folio blanco en blanco, apretó suavemente la mina del lápiz y comenzó a trazar líneas sobre el papel.
El lápiz se deslizaba de una forma ágil y mágica. En pocos segundos, dibujó un gran sol brillante, un gato gracioso con orejas de pico y una carita sonriente con dos ojitos chispeantes. Debajo de la carita escribió en letras grandes y coloridas: «¡Hola, bienollegada!» (aunque con una pequeña errata que lo hacía todavía más simpático).
Tomy se levantó de su silla, caminó despacito hasta la mesa de Maya y colocó el dibujo suavemente sobre su pupitre.
Maya levantó la cabeza despacio, miró el papel con el gato de orejas puntiagudas y la sonrisa gigante y, de repente, una hermosa sonrisa iluminó su rostro. Los nervios parecieron alejarse volando como mariposas.
—¡Gracias! Me encantan los gatos —susurró Maya con voz dulce.
—Si quieres, podemos pintar las orejas de amarillo con las ceras de mi estuche —propuso Tomy invitándola a sentarse junto a él.
A partir de ese momento, el papel se llenó de colores y el aula de risas compartidas. Tomy comprendió que la verdadera magia del lápiz no estaba en su madera ni en la estrella de su extremo, sino en la capacidad de regalar un gesto amable a quien más lo necesita.
Moraleja: Un pequeño acto de amabilidad o una sonrisa sincera pueden transformar el día de una persona y derribar las barreras de la timidez.