La mochila llena de preguntas

En el Colegio de la Colina, las aulas siempre olían a madera nueva, ceras de colores y papel de cuadernos. A primera hora de la mañana, los pasillos se llenaban de risas, carteras que pesaban un poquito y pasos apresurados. Entre todos los alumnos destacaba Sofia, una niña de siete años que llevaba una mochila de color amarillo brillante con un llavero en forma de interrogación.

A Sofia no le gustaba llevar la mochila cargada de piedras ni de juguetes pesados; su cartera estaba repleta de dudas maravillosas que se le acumulaban en la cabeza durante el camino a la escuela. ¿Por qué las nubes no se caen? ¿De dónde sacan las hormigas los mapas para volver a casa? ¿Por qué el cielo cambia de color al atardecer?

Sin embargo, al principio del curso escolar, a Sofia le daba mucha vergüenza levantar la mano en clase. Temía que si hacía una pregunta que pareciera tonta, los demás niños se reirían o la maestra pensaría que no prestaba atención. Por eso, guardaba todas sus cuestiones en silencio, retorciendo las asas de su mochila amarilla bajo el pupitre.

Un martes por la mañana, la clase de ciencias trataba sobre los imanes y la fuerza invisible que atraía los metales. El profesor Mateo colocó varios objetos sobre la mesa y pidió a los alumnos que adivinaran cuáles se pegarían y cuáles no.

Sofia tenía una hipótesis muy clara en su cabeza, pero dudaba si alzar la voz. Al verla tan pensativa, el profesor Mateo se acercó a su mesa y le sonrió con complicidad.

—¿Tienes alguna idea, Sofia? Recuerda que aquí no hay respuestas incorrectas, solo mentes investigadoras en marcha.

Animada por aquellas palabras, Sofia respiró hondo y se atrevió a hablar: —Profesor, me pregunto qué pasaría si juntamos dos imanes por el mismo polo. ¿Se escaparían como si tuvieran miedo el uno del otro?

Toda la clase se quedó en silencio un instante. El profesor Mateo abrió los ojos con entusiasmo, dio una palmada suave y exclamó: —¡Qué pregunta tan brillante, Sofia! Vamos a comprobarlo ahora mismo.

Cogieron los imanes, los acercaron y, efectivamente, se repelieron con fuerza, saltando sobre la mesa. Varios compañeros aplaudieron maravillados por el experimento.

A partir de aquel día, Sofia comprendió que la escuela no era un lugar donde uno tenía que saberlo todo desde el primer momento, sino un gran laboratorio donde experimentar, equivocarse y preguntar sin miedo. Cada vez que fallaba en un cálculo o no entendía un texto, sonreía porque sabía que estaba a un paso de aprender algo nuevo.

Su mochila amarilla dejó de guardar dudas silenciosas y se convirtió en el motor de una curiosidad imparable que contagió a toda la clase del Colegio de la Colina.

Moraleja: No tengas miedo de preguntar ni de equivocarte; la curiosidad y los errores son las herramientas más valiosas de la inteligencia para descubrir cómo funciona el mundo.

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